La foresta de Ponar, en Vilna

07/May/2015

Por la Escr. Esther Mostovich de Cukierman (para CCIU)

La foresta de Ponar, en Vilna

La foresta de Ponar está en Lituania. Es un bosque de pinos
jóvenes, a unos 8 kilómetros desde Vilna. Un gran monumento en piedra de color
blanco está a la entrada, se ve que fue hecho poco después de terminada la 2ª.
Guerra Mundial y hace poco se le agregó
una placa de granito negro en el medio.
La primera inscripción, en ruso y lituano, menciona a 100.000 personas
asesinadas allí durante la guerra. El texto del granito negro en Idish y Hebreo
es el posterior y agrega más datos: “Aquí en Ponar, desde 1941 a 1944 los
ocupantes alemanes y sus ayudantes locales mataron 100.000 personas, hombres,
mujeres y niños,de los cuales 70.000 eran judíos “.
Vemos
entrar hacia el bosque al grupo de turistas que está delante nuestro y
escuchamos cómo la guía les da explicaciones en inglés y les habla de la lucha
por colocar matzeivot (monumentos
funerarios) que han tenido los
judíos durante la época soviética. Nuestra guía se llama Rojl y nos habla en
idioma Idish. Ella espera que se alejen los otros turistas antes de dejar
entrar a nuestro grupo.
-En este bosque están los huesos de mis padres
y mis hermanos, dice Rojl. Yo sé, por testigos, que ellos forman parte de la
gran tumba colectiva en la cual los nazis enterraron unos mil cuerpos una
semana antes de la liberación de Vilna. Los nazis no tuvieron tiempo de quemarlos como a todos los
anteriores y no querían dejar rastros, así que los enterraron varios metros
bajo tierra. Cuando los soldados rusos
llegaron a liberar Ponar, aquí no se veía nada. Ni las cenizas, ni rastros de
cuerpos. Pero buscamos hasta que encontramos los restos enterrados.
Entra por un camino secundario y la seguimos.
-Sólo un cuerpo, entre todos esos
enterrados, se pudo reconocer, no por
los rasgos, sino porque estaba arriba del todo, boca abajo, y tenía sus documentos en el bolsillo: VilariHeibus,
un médico al cual yo conocía. A él le hicieron esa matzeiva individual que ven allí, unos metros adelante. Los
demás, estaban irreconocibles. Los dejamos así, como estaban, todos juntos en
la tierra. Este camino se ha hecho para rodear sus cuerpos.
Camina
unos metros más adelante.
-Esta matzeiva, en honor a todos los que están
aquí, la hice colocar yo. Me lo prometí a mí misma como último honor a mi
familia. Tuve que luchar años contra la burocracia soviética hasta
conseguirlo.
Rojl
sigue caminando entre los senderos.
-Ponar era el más hermoso bosque cerca de Vilna, lleno de flores y
árboles, al que veníamos a pasear los domingos, nos dice. En el extremo al que
vamos ahora, estaban los restos de los depósitos de combustible que hubo aquí a principios del siglo XX. Los alemanes vieron que esas
instalaciones les podían servir. Especialmente, porque a Ponar llegan varias carreteras y había aquí
estación de tren. Eran caminos de llegada, pero no de salida. Como dice una
poesía en Idish, escrita durante la guerra,
“Muchos caminos vienen a Ponar, pero ninguno sale de aquí”. Algunos de los viejos depósitos de
combustible, los nazis los convirtieron en lugar donde dejar durante uno o dos días, a los prisioneros que traían en los
transportes, antes de liquidarlos. Otros pozos fueron aumentados de tamaño para
servir como grandes quemaderos a cielo abierto.

Nos muestra unas enormes excavaciones en forma redonda, con los bordes
rectos, a nivel del suelo.
-Sabemos cómo ocurrieron aquí muchas cosas,
porque un polaco que vivía cerca, KazimirerzZakovich, llevaba un diario de lo
que veía subiéndose al tejado de su casa. Ese testimonio es espeluznante. El no
se animó a contarlo, pero todo lo escribía y
guardaba esas hojas de papel en botellas
de vidrio vacías que enterraba en su jardín. Se murió sin decírselo a nadie,
pero un buen día, encontraron esas botellas de vidrio con los mensajes del
pasado escritos allí. En el museo
estatal judío de Vilna tuvimos ocasión de estudiarlos durante muy poco tiempo,
llegamos a sacar fotocopias del contenido
de unas pocas botellas y no pudimos seguir porque las autoridades se
llevaron todo el material y no lo dejaron ver más. Es que desde su casa, este
polaco reconoció a casi todos los vecinos lituanos que ayudaban a los nazis y
en esos papeles están sus nombres y apellidos. Hay otros testimonios, sobre
Ponar, de algunos prisioneros que
lograron escaparse de aquí, ocultándose en el bosque. Además sabemos que esto era un matadero humano por
las fotos que tomaron los mismos alemanes. Cuando ya era inminente la
liberación de Vilna, los jerarcas nazis salieron apresuradamente de la ciudad y
no se llevaron de sus casas los bultos pesados como sus álbumes de fotos. Y en
esas fotos se ve claramente a los judíos
en el borde de estos pozos, cayendo adentro después del balazo que le daban en
la nuca los soldados lituanos , y a la
siguiente fila de prisioneros empujando a los que no habían terminado de caer
al fondo, antes de recibir su propio balazo. Y en otras fotos, los nazis se
complacieron en guardar la imagen de esos cuerpos cuando los rociaban con
gasolina y cuando los quemaban… Además, hundidos en la tierra, mezclados con cenizas,
han quedado rastros medio quemados. Anillos, pedazos de dentaduras, de lentes,
de huesos humanos. En Polonia los nazis inventaron campos de concentración. En
Lituania, los campos no tuvieron
barracas para los prisioneros, aquí no los concentraban, los mataban al
otro día de su llegada. Todos esos negadores del Holocausto que ahora
abundan,  tendrían  que venir a Lituania  a ver estos testimonios.
Quedamos
mudos, bajo la llovizna que ha comenzado a caer. Rojl nos señala varios
monumentos en el bosque, colocados por distintas organizaciones judías. Otras
guías se detienen mostrando a los turistas cada uno de ellos, pero Rojl ya da
por terminada su visita y vuelve sobre sus pasos.
-Me quiero despedir de los míos, dice dando un
largo suspiro. No sé si me darán las fuerzas para volver aquí el año próximo.
Se
detiene junto a la matzeiva que ella
hiciera colocar para dar honor a su familia y queda silenciosa. Gitl, la
estudiante de rabina de nuestro grupo, irrumpe repentinamente con su clara voz,
cantando un Salmo en hebreo. Itai, un muchacho que viene de Israel, dice el
Kadish.(oración de difuntos, en hebreo ).
A muchos se nos caen las lágrimas, pero nuestra quía Rojl se mantiene
entera, ni siquiera abre el paraguas que tiene en la mano para resguardarse de
la llovizna que cae cada vez más espesa y vuelve en silencio al autobús.
Esther
Mostovich de Cukierman